Con la verdad y la justicia es imposible improvisar. La propuesta de crear una comisión de la verdad que, escuchando a todas las partes, contribuya a poner fin al conflicto armado en Colombia ha despertado muchas preguntas e inquietudes. ¿Cómo habrá de incidir la verdad en los procesos judiciales que se llevan –o se podrían llevar a cabo– en un país tan históricamente violento como Colombia? ¿Cuánta verdad se requiere –o se soporta– para hacer posible la reconciliación?
Verdad y justicia son dos conceptos con capítulo propio en la historia de la filosofía. Desde hace cerca de 2.500 años, los filósofos que se formaron a la sombra de Atenas se vienen preguntando cómo entender ideas tan complejas como verdad y justicia, si entre ambas existe una relación, y qué tipo de relación: ¿están coordinadas, articuladas, o subordinadas? ¿Son independientes? ¿Están llamadas a colaborar, o han de reñir entre sí?
Hay filósofos –antiguos, modernos y contemporáneos– que piensan que verdad y justicia son conceptos inseparables, que se requieren mutuamente, de modo que donde no esté uno tampoco podría estar el otro.
Pero hay también filósofos actuales más optimistas, como el norteamericano John Rawls, quien definitivamente valida y resignifica la pregunta por la relación entre verdad y justicia desde una perspectiva contractualista. Al comienzo de su Teoría de la justicia, afirma Rawls: “La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento”. Y añade: “(...) lo único que nos permite tolerar una teoría errónea es la falta de una mejor; análogamente, una injusticia solo es tolerable cuando es necesaria para evitar una injusticia aún mayor”. Y concluye: “Siendo las primeras virtudes de la actividad humana, la verdad y la justicia no pueden estar sujetas a transacciones (are uncompromising)”.
Afirmar hoy que ni la verdad ni la justicia pueden estar sujetas a transacciones es políticamente temerario y culturalmente arriesgado. Pero es filosóficamente necesario. Cuando todo puede ser y está siendo objeto de transacciones, los filósofos levantan su voz para poner límites. Es mucho lo que está en juego. Lo dice uno de nuestros contemporáneos más lúcidos, y vale la pena repetirlo: “(...) lo único que nos permite tolerar una teoría errónea es la falta de una mejor (...) una injusticia solo es tolerable cuando es necesaria para evitar una injusticia aún mayor”.
Elaborado por Alexandra Mujica C.I V-26.798.288
Elaborado por Alexandra Mujica C.I V-26.798.288
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